Érase una vez, hace muuuuchos muchos años, tuve un sueño. Debe ser un sueño recurrente porque lo recordé hace un mes y me dio por ajustar cuentas un ratito.
Lo podéis dotar de esta banda sonora, en el orden y con el relleno que os dé la gana:
- “She’s got issues”, en Americana de The Offspring, o cualquiera de Rise and fall, rage and grace. Musicalmente algunas dejan que desear, al contrario que en Americana, pero las letras lo salvan.
- “Always on my mind”, en la versión que más os apetezca (Elvis, Pet Shop Boys)
- “You make me feel mighty real”, sea la original de Sylvester (ex de The Cockettes) o la gran versión de Jimmy Sommerville
- “La vida es más compleja de lo que parece”, de Jorge Drexler
- “Bed and breakfast man”, de Madness
- “You’re wondering now”, versión Amy Winehouse o The Specials
- “Sister golden hair”, de America. Nunca se supo si se quería ir a vivir con ella (en pecado) o definitivamente pasaba del rollo (I ain’t ready for the altar but I do agree there’s times / when a woman sure can be a friend of mine)
- “Look no further” (transcripción rápida de la letra), el single del inminente disco de Dido, Safe trip home
Empiezo.
Una vez, esa del érase, una camarera y su compañero de trabajo conocieron a un excelente quiromasajista, muy famoso en km. a la redonda, de nombre Supuesto. Supuesto empezó a visitar a los camareros con relativa frecuencia. Se reían, charlaban, salían juntos algún día y el mismo Supuesto, un buenazo en quien se podía confiar, también cantaba, y muy bien, y sobre todo canciones de Antonio Molina, para más señas.
Un día Supuesto vino acompañado de algunos hermanos suyos. Uno de ellos tenía cara de angelico, con sus rizos cobrizos y sus ojos azul turquesa, y era capataz de una mina de verdad. De hulla, para más señas. La camarera y el minero se miraron y sonrieron largo rato y aquel día no pasó nada más salvo las películas que el uno y el otro pudieran haberse montado en sus respectivas cabecitas locas.
Supuesto volvió al bar con su hermano al día siguiente, de modo que la camarera y el minero ya tuvieron ocasión de charlar un rato. En verdad el minero se dedicó a tirarle los trastos uno tras otro, aliñados con decenas de “cari” y “prenda”. La camarera era relativamente joven, y relativamente nueva en la ciudad, y tomó aquel tipo de estrategia de aproximación por costumbre local, y ya se sabe que donde fueres haz lo que vieres.
Estábamos en vigilia de las fiestas del Pilar. Los dos hermanos invitaron a camarera y camarero a venirse con ellos a la ciudad cercana donde se celebraban. Después de cerrar el local, montaron en el coche de Supuesto y partieron para la ciudad vecina, con el camarero de copiloto mientras el minero y la camarera empezaban a tocarse en el asiento trasero.
En esta ciudad vecina vivían Supuesto y su hermano, el minero. Aunque a la camarera le habría gustado vivir algo más el ambiente de las peñas y los cánticos, el minero, que en el rato que pasearon degustó el ambiente alcohólico, decidió abreviar. La camarera secundó la moción desde la nube de arrobo que compartían. Elipse.
A la mañana siguiente, fiesta en la ciudad, la camarera debía deshacer los km. entre aquella cama y su lugar de trabajo. Despertó suavemente al minero, que roncaba a placer, y le contó el caso mientras se vestía. Le preguntó: está cerca la estación de autobuses, cari? El minero se levantó, fue a por un vaso de agua, cogió su cartera del bolsillo del pantalón y le acercó un fajo de billetes mientras le contestaba que no sabía indicarle bien. La camarera le devolvió el fajo con semblante serio. El minero la acompañó a la puerta, con el fajo en la mano, se lo metió en el bolso, le dijo que le dolía la cabeza, que ya se verían, y cerró.
Una vez en la calle desierta la camarera se orientó lo suficiente para llegar cerca del río. En el bar donde bebió un café con leche con todo el azúcar disponible preguntó por la estación. Al llegar a la estación encontró su correspondiente parada de taxis; preguntó a quien le tocaba cuanto costaba llegar a su ciudad y comprobó que le alcanzaba.
Se montó en el taxi intentando no delatar las medias rotas. El taxista resultó ser un risueño inmigrante portugués que conducía con mucha prudencia un auto más bien destartalado. Estuvieron charlando animadamente todo el viaje, el taxista confesó tener algún problema físico de corazón, y la camarera confesó su hastío de ser joven. Se despidieron con un sincero ojalá nos volvamos a ver. Ella quiso pagarle –de hecho pagó– con el fajo íntegro de billetes, descontado el café con leche que se había tomado, y los tres pares de medias y el frasco de jabón de farmacia que estaba a punto de comprar.
Todavía tuvo tiempo de ducharse a conciencia antes de entrar a trabajar.
Yo todavía tengo tiempo de escribir que la tolerancia hacia la prostitución marca mecanismos de conducta que sufrimos (y a veces ejecutamos) todos. Todos, en género neutro.
Como Morenita que soy, me encanta reconocer aquel taxista portugués en personas que conozco. Supuesto se podría haber llamado Miquel Àngel, podría estar como una rosa y dedicarse todavía al quiromasaje y a la copla. Mina todavía se estira las articulaciones con las series de tactos estructurados que podría haberle enseñado, y ojalá la chiripa les arrejuntara en alguna esquina y tuvieran tiempo de contarse el rato que han pasado separados.
Post dedicado a mis comandantes (en género neutro), todos ellos taxistas portugueses que reciben propina en forma de cuentos chinos: éste no os lo conté en la última cena
Igualmente recordad que
está vigente, y que ya está solicitado un contrato de gestión en ColorIuris.
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