Nov 29 2008
My little brown book / John Coltrane & Duke Ellington. — 1962
Bajo a la panadería de la esquina a por dos cruasanes, el mío de chocolate. Tres minutos y estoy de vuelta, y el agua del te todavía no hierve.
Ayer mi ama se fue a la cama de mala leche y a lo mejor cuatro mimos le hacen creer por un rato que el mundo es habitable. No, ni se nos inundó la biblioteca ni ningún misil nos alcanzó por “error”, de camino errático a alguna biblioteca afgana. Sólo fue un caso más de desconsideración, por hablar suave, como ella suele –todo se pega.
Las salas de la biblioteca se recogen tres o cuatro veces durante la jornada, y cuando ya todos han salido se da un último garbeo. Los libros que no alcanzamos a devolver a su sitio se dejan en una última estantería para que al día siguiente, antes de abrir, se puedan colocar. Ayer quien dio el último repaso a la segunda planta (topográficos 7 y 8: arte, lengua y literatura, básicamente) se encontró con un puñado de tejuelos –que no es lo mismo que lentejuelas– tirados por el suelo, esparcidos a lo largo y ancho de unos seis metros cuadrados. En el antepenúltimo pasillo, estantes de literatura latina.
Eran las nueve y media pasadas, había que cerrar antes que conectaran las alarmas, y sólo dio tiempo a tomar un par de fotos de la escena con un móvil, recogerlos (si no, las señoras de la limpieza los habrían barrido el lunes) y disgustarse: corresponden a ediciones y estudios, de valor filológico y no reeditados (década de los 70), de autores clásicos. Al llegar a casa comprobamos en el catálogo que dos de los tejuelos recogidos contenían un topográfico único y que los ejemplares constan como disponibles (y en las estanterías no estaban, ni con tejuelo ni sin), de modo que creo no equivocarme demasiado si digo que los han robado.
Qué hay que hacer? Poner cámaras en los pasillos? Tener a un segurata haciendo rondas? Cerrar todo el fondo en el depósito? Por unos mapas que chorizó un desaprensivo gilipollas en la Biblioteca Nacional, se recrudeció una campaña de acoso y derribo a Rosa Regàs, entonces directora, y yo dejé de comprar El País.
Uno de los libros desaparecidos es un Budé, cubierta en rústica de color marrón anaranjado. Quedan restos de su cartulina en la goma del tejuelo. Me ha hecho recordar la canción de Duke Ellington y Billy Strayhorn que se tornó estándar del jazz, My little brown book. Melodía melancólica, la segunda de esta selección de temas de John Coltrane:
My little brown book
With the silver binding
How it keeps reminding me
Of a memory
That’s haunting me.
In some quiet nook
I go thru its pages
And peruse this ageless tale
Of a love that failed
To ever become true.
On this page is the date
Of that fateful night at eight
When I found you were no longer in love.
After that there’s nothing more
Just a dark and futile door
That shuts out the stars above.
In my little book
I inscribed your heart vow
But since we’re apart now
This and that last sweet kiss
Is all that’s left of you
Is all that’s left of you.
Los tejuelos tirados. Todo lo que queda para quien deba consultar aquellos ejemplares. Gracias, capullos, je me souviens, y puedo ser muy rencorosa.




general per l’engonal, després de llegir aquesta entrada algú escrigui l’articlet que em va criar tants escrúpols –en el cas que, oh sorpresa, això tingui més lectors que l’Ender juganer, els qui tenen Morrissey per poeta de capçalera, les bevedores de quintos o els cosins amb ganes de complicar-se l’existència.



